
NiñoCactus

El día que el abuelo Rodion me regaló su trompeta me dijo que no había nada que fuese imposible.
- No lo olvides, Aleksandar: si lo deseas con fuerza, podrás, incluso, cambiar el mundo.
Yo no sabía qué hacer con una trompeta que no podía tocar. Y tampoco por qué tenía que desear que el mundo fuera diferente. Así que decidí aprender música.
Tenía tantas ganas de arrancar una canción al viejo instrumento, como de hacerme mayor. Pero mi impaciencia se vio contenida por la tranquilidad del profesor Kilar, que andaba, hablaba y pensaba con la velocidad de una tortuga milenaria.
Lo primero que hizo, cuando nos conocimos, fue sonreír. Luego, me midió los dedos comparándolos con los suyos ya arrugados. Y, por último, me hizo una señal para que lo siguiese, y caminó hacia la sala de estudio.
-Todo en ti es ritmo, Aleksandar: los latidos de tu corazón, tu forma de caminar, cada bocanada de aire que tomas al respirar... Llevas una canción dentro de ti. Tienes que encontrarla y dejar que brote.
Al principio, pensé que era yo el que estaba desafinado, y apretaba los dientes al escuchar los chirridos que producía.
-Sólo quiero tocar una nota bien -pedía cada noche al acostarme-, sólo una.
Una mañana salieron tres de golpe. La música comenzaba a nacer.
En ese momento comprendí lo que me dijo mi abuelo: que no había nada que no pudiese alcanzar. Pero, por desgracia, también descubrí que, a veces, a uno le gustaría que el mundo fuese distinto. Una tarde, dos chicos del barrio me robaron y me dieron una paliza. Toda mi rabia se ahogó entre mis lágrimas. Sentí vergüenza por no haber podido defenderme.
Algo se me rompió por dentro, y no me dejaba dormir por las noches. Me daba pánico la oscuridad. Fue la música la que, poco a poco, fue actuando como un bálsamo. Las notas me envolvían como un abrazo, y me hacían olvidar lo sucedido. El mundo, mi pequeño mundo, volvía a ser como antes.
El problema era que el mundo, el grande, había empezado a volverse loco. Un día estalló la guerra, y todo cambió.
El ruido llenaba la ciudad, y de no haber sabido cómo eran las cosas antes de aquellos días, habría pensado que no se podía hacer nada.
En medio de aquel alboroto encontré la canción que se escondía dentro de mí. Mi canción era una música más fuerte que el ruido de la guerra. Una canción que creía que no había nada inalcanzable y que otro mundo era posible.
Empecé a tocar para las personas que estaban sufriendo a mi alrededor. Sólo quería aliviar su tristeza. Gracias a mi trompeta sonreían de nuevo, y yo sentía que ganaba una batalla. Y luego otra, y otra más...
Ésta es la historia chiquita de mi canción. Ésa que me regaló mi abuelo el mismo día que me entregó su vieja trompeta.
NiñoCactus

El día invitaba a pasear, a salir del encierro de la casa y disfrutar de la mañana limpia y soleada. El cielo estaba más azul que nunca, como un mar en calma de aguas transparentes.
Nadie se dio cuenta de la primera gota de agua, tampoco de la segunda. Sin embargo, la tercera fue a caer en mitad del cristal izquierdo de las gafas nuevas de la señora Josefa, quien miró hacia arriba buscando a algún malintencionado que se hubiese puesto a regar justo cuando ella pasaba. Lo extraño es que, en ese momento, se encontraba cruzando la calle por el paso de cebra.
Sin previo aviso comenzó a llover. La gente levantaba la vista buscando alguna nube, pero el cielo seguía igual de despejado que a primera hora. Tal fue el asombro generalizado que nadie aceleró el paso ni buscó cobijo en un portal cercano. No se abrió ni un solo paraguas ni se vio capucha alguna cubriendo una cabeza.
La lluvia mojaba las caras sorprendidas de los viandantes que se habían quedado parados en mitad de calles y plazas. Unos pocos sonreían, otros buscaban arco iris y los menos cerraban los ojos disfrutando del agua. Lentamente, un grupo de nubes fue apareciendo en lo alto y la gente, al verlas, comenzó a ceñirse las chaquetas, a subir los hombros y a huir de aquella lluvia normal.
NiñoCactus
Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños.
-Falta César –gritó Marta -. Se ha vuelto a esconder.
Todos corearon su risita traviesa y me miraron divertidos enfundados en sus pijamas. Pasamos más de una hora buscando al pequeño que siempre me exasperaba con sus constantes travesuras incitando al resto a portarse mal. Desde que llegó las cosas se habían descontrolado en el orfanato.
-Ya está, esta vez se lo ha llevado el Hombre del Saco –sentencié-. Será mejor que nos vayamos a dormir o volverá a por el resto. Ya es demasiado tarde.
Esa noche los rezos estuvieron dificultados por hipidos y sollozos. A mí también me costó dormir pensando en lo que había hecho. Pero, a partir de ahora, no habría más problemas de disciplina.
NiñoCactus
En la puerta había una gorra negra, la misma que llevaba el día en que nos conocimos. La colgaba del picaporte del cuarto para que supiese que aguardaba dentro. Yo la miraba y sonreía, y no le hacía esperar. Luego perdió esa costumbre. Los años, poco a poco, nos fueron robando todo menos la esperanza... Ahora sonrío y siento que está al otro lado, aunque soy yo quien la deja en la manilla.
Niñocactus

Se acercó a la bañera con paso lento aunque seguro.
Abrió el grifo izquierdo, dejando que el líquido residual de las cañerías se vertiera por el sumidero. Cuando comenzó a salir vapor de agua giró el pomo derecho, dejando que el agua fría se mezclara con el caliente. A los pocos segundos metió la mano debajo del chorro y jugó con los mandos hasta que la temperatura le pareció adecuada.
La temperatura del agua es muy importante. Si el líquido tiene la temperatura adecuada, la sangre, al salir del cuerpo, no causa dolor.
Después puso el tapón en el desagüe cortando la huida del agua. Aprisionándolo y obligándolo a existir en el corto espacio de la bañera.
Se sentó sobre la tapa del inodoro a esperar. Relajada. Paciente.
Fijó su mirada en el grifo abierto de la bañera y fue observando cómo, centímetro a centímetro, el nivel de agua subía progresivamente. Comprobando como el líquido, al ir ascendiendo, cambiaba su percepción del blanco del falso mármol.
Finalmente el líquido subió todo lo que se podía subir y se desbordó. Primero cayó un breve chorro, derramado a modo de leve advertencia sobre lo que podía pasar a continuación. El aviso no fue oído y con el segundo chorro ya nunca dejó de caer agua sobre el piso.
Observó el agua en el suelo, espiando su franca huída sobre los verdes azulejos. Libre ya de las ataduras del recipiente que lo había atenazado.
Pocos minutos después salió del baño. Mojándose los pies descalzos en un agua tibia. No cerró el grifo al marcharse.
Tampoco recogió sus cosas ni dejó una nota escrita explicando su ausencia.
Simplemente, se marchó para no volver jamás.
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