Niñocactus
Llevabas muerta cinco días cuando al fin te encontré. Hacía años que te buscaba incansable aún sabiendo que me podía haber llevado toda la vida localizarte. Pero necesitaba saber por qué desapareciste de pronto sin dejar rastro. No se me ocurrió otra forma para hallar tu paradero.
Como cada viernes recorrí el callejón mal iluminado hasta detenerme frente a la portezuela oxidada. Tres golpes, el pago por adelantado y la espera en la sala llena de gente. Llegó mi turno. Me senté frente a la gitana y coloqué mis manos sobre sus palmas abiertas. ¿Con quién quiere contactar?, preguntó la médium. Volví a decir tu nombre y esta vez sí hubo respuesta.
Niñocactus
El hueco que ha dejado tarda en adaptarse a su ausencia. Durante unos minutos, en el lugar que ocupaba los colores parecen más turbios y las fronteras que separan unos objetos de otros se antojan torpes borrones en lugar de finas líneas.
El espacio vuelve a la normalidad lentamente, al ritmo con que María recorre con sus dedos, despacio, las muescas que el tiempo ha ido dejando sobre la mesa de madera.
Trascurridos unos minutos el bar vuelve a estar en paz.
En ese momento la puerta se vuelve a abrir. El hombre sin sentimientos entra y con paso rápido y firme recorre los metros que le separan de la mesa donde estuvo sentado. Recoge una cajetilla olvidada y, sin mirar nunca a María, vuelve a salir.
Ella no lo aguanta más y, empequeñeciéndose en la silla, rompe a llorar.

Se retrasa... Anoche no descansó bien y hoy le cuesta avanzar por la vía. Encima, le añadieron otro vagón sin preguntarle si sería capaz de tirar de la carga extra. El frío le duele en los engranajes pero sólo hasta que su propio movimiento acaba por desentumecer las juntas. Aunque en el fondo, lo que realmente le ocurre es que sabe que me aleja de ti y no quiere. Le pesa la tristeza de los adioses. Siempre es igual, las lágrimas en las estaciones de salida frenando las ruedas. Y luego, poco a poco, acelera y el viento le pega en la locomotora despabilándolo del todo. Y va sintiendo en los ejes el hormigueo de la alegría y los abrazos que anuncian la llegada, el reencuentro.

No podía dormir, se me habían desvelado los ojos y las preocupaciones colgaban del techo como un móvil del que no era capaz de apartar la mirada. Empecé a descontar ovejas. Sabía de sobra que aquel desfile de peluches de lana no serviría y cuando llegase a la última estaría igual. Una..., y ninguna. Odio ser tan predecible. Me giré hacia la izquierda y me abracé a la almohada. Esa noche andaba un poco desesperado así que decidí probar suerte.
-Oye..., sé que no hablamos mucho pero..., no sé, dicen que sois buenas consejeras y... -Empecé por ahí y acabé contándole todo lo que me preocupaba. Pero nada, no hubo respuesta.
A la mañana siguiente me dirigí al Departamento de Almohadas del centro comercial.
-Perdone, sí... Mire, hace unas semanas realicé un cuestionario para adquirir una almohada personal y me temo que debe haber algún error con la que me dieron.
-¿Qué ocurre?
-Que no habla.
-No se preocupe, si sólo es eso llévese esta otra.
Esa noche no pude pegar ojo. Era imposible hacerla callar. Que estuviese tranquilo. Que si conocía a un chico que había tenido el mismo problema y al final acabó solucionándolo no sé cómo. Que si conocía otro caso que se había complicado al final, aunque luego resultó que, en el fondo, era lo mejor que podía haber pasado... Yo opté por irme al sofá. Necesitaba descansar un poco. Ella se quedó en la cama cacareando.
-Quiero mi almohada, la que traje ayer.
-¿No le fue bien la nueva? -Mi mirada con los ojos aún hinchados y enrojecidos hizo que el dependiente no terminase la pregunta-. Está bien. No hay ningún inconveniente en cambiársela.
Llegué a casa y me fui directo a la habitación. Necesitaba echarme un rato. Coloqué la almohada y dejé caer mi cabeza sobre ella. Entonces lo noté, un tímido beso en mi mejilla. Sólo recuerdo haber sonreído justo antes de cerrar los ojos. Al despertar ya había tomado una decisión.
Niñocactus
-¿Ves esas dos estrellas? Son las únicas que brillan esta noche. Disponen de todo el cielo pero han decidido estar juntas, una al lado de la otra. Igual que tú y yo que podríamos hallarnos ahora en cualquier parte de la Tierra y sin embargo estamos aquí los dos sentados en el mismo banco.
-¿Ves esas dos estrellas?, le responde. A pesar de que parecen estar juntas se encuentran a miles de millones de kilómetros de distancia...
Él las mira, se queda pensando y dice bajito: “Pues parece que están juntas”. Pero ni él mismo se escucha porque ya está muy lejos de allí.
Niñocactus