
El hada estresada se confundió, y en vez de: “Qué príncipe más encantador”, dijo: “Qué príncipe más encantado”.
Desde entonces, todos los ligues le salen rana, al pobre.
NiñoCatus

No te entretengas y vuelve directo a casa, dice madre.
No importa. Ya buscaré una excusa. Siempre las hay. Si no, la miro en silencio, sin parpadear, y espero. En seguida da media vuelta y sigue con sus faenas. Le incomodan mis ojos callados. Quizás le recuerdan a los de padre.
Lo veo al salir de la tienda. Es diferente a los demás. No sé muy bien por qué me fijo en ese hombre pero lo hago, y comienzo a seguirle. Me atrae su paso tranquilo, el gesto risueño. Me gusta su pelo alborotado. Quizás es esa extraña familiaridad la que me invita a acercarme.
De pronto, el viento cambia de dirección empujando el humo de su pipa hacia mi cara. Es un aroma acre con un toque de cerezas negras. Se me humedecen los ojos. Es por el aire, me digo.
Llego tarde pero no pregunta, está muy callada, demasiado. Yo tampoco tengo ganas de hablar. Dejo la bolsa en la cocina y me voy a mi cuarto. Escalo por la estantería hasta alcanzar una vieja caja de latón. Juego con ella entre mis manos y, finalmente, la abro. Allí guardo sus cosas, restos del naufragio de un barco que nunca conocí. Cojo el pañuelo..., un toque de cerezas negras... Mis ojos vuelven a humedecerse, pero esta vez no hay aire.
NiñoCactus
Si salía corriendo, echaba la basura en el contenedor y volvía al portal sin perder ni un segundo, la luz seguía encendida. Lo tenía todo calculado.
Aquella noche se me desató la zapatilla. Fue un instante, hacer un nudo. Pero al llegar la entrada estaba a oscuras. Tragué saliva y, mientras me acercaba al interruptor, sentí un susurro a mi espalda. Elige: tu hermana o tú.
Al día siguiente fui al baño después de cenar. No había otra salida. Vomité. Mi madre me puso su mano en la frente. No tenía fiebre pero me quedé en la cama.
-¡Rebeca! Hoy bajas tú la basura.
Estaba salvado.
NiñoCactus
Prisionero de su esfera, el futuro decidió vengarse de la adivina, y mostrarle a su peor enemigo como su gran amor.
NiñoCactus
-Entonces es martes, seguro, por lógica. Si se fija en las uñas de la enfermera, verá restos de la manicura que se hizo para acudir el sábado a alguna fiesta. Por otro lado, no escuché el camión de la lavandería, que viene lunes y miércoles. Para concluir, tiene usted, en la solapa, migas del bizcocho de nueces de la pastelería París, y los jueves por la mañana permanece cerrada por descanso. Entonces...
-Elemental, querido amigo, elemental –respondo mientras doblo el periódico para evitar que el viejo detective, quien apenas recuerda mi nombre, vea la fecha y se dé cuenta de su error.
NiñoCactus
Llegó por la mañana, a última hora, justo antes de los preparativos para la comida. La trajeron dos hombres vestidos de gris. Aunque hubiésemos vivido en un décimo piso sin ascensor, uno habría bastado. No para ella. Hicieron falta dos porteadores enfundados en monos de trabajo con grandes letras plateadas a la espalda que rezaban: ANTIGÜEDADES MATUSALÉN. Todo con mayúsculas.
-Florence. Mademoiselle Florence.
Así dijo llamarse. Una silla de caoba de finales del XIX, con finísimas incrustaciones en palisandro. Una auténtica obra de arte, se quejaba constantemente, rodeada de palurdos con corazón de aglomerado. Y ese era el insulto más suave. Según ella, todo estaba mal: la temperatura, la intensidad de la luz, la humedad ambiente... ¡Qué silla tan malcriada e insoportable! Era preciso pararle las patas.
La idea se le ocurrió a la mesa del saloncito verde. No lo digo por culpar a nadie, sino como reconocimiento a nuestra salvadora. El plan era arriesgado. Alguno de nosotros podía resultar herido pero no nos importó.
Al conde le gustaba sentarse en Florence después de las comidas y paladear una copa de brandy mientras fumaba un purito. Amaba el buen comer. Su prominente barriga lo demostraba. Decidimos atacar por ahí. Las bandejas dieron orden en la cocina de preparar los más suculentos platos. Guisos contundentes, pescados con salsas exquisitas y pasteles interminables se sucedían día tras día llenando todas las dependencias de la mansión con aromas irresistibles.
Tres meses después, el conde había aumentado cuatro tallas de pantalón y se movía con dificultad. Temimos por la salud de nuestro dueño, por eso nos dimos un ultimátum: si en el próximo almuerzo no lográbamos nuestro objetivo, asumiríamos la derrota.
Fue una auténtica fiesta. El salón brillaba como nunca. Utilizamos la vajilla reservada para ocasiones especiales. El conde estaba encantado. Al acabar, tomó su copa y se acercó hasta Florence. Se dejó caer exhausto por el banquete. Todos escuchamos crujir la madera. Las juntas estaban ya sueltas y no resistieron. Una de las patas se quebró. Por un momento nos sentimos culpables. No duró mucho. La chirriante voz de aquella silla presumida comenzó a lanzar improperios. Se acordó de los antepasados de cada mueble. Nadie la escuchó, estábamos demasiado ocupados en celebrar nuestra victoria.
Al día siguiente comenzó la dieta.
NiñoCactus
De preocuparse en vez de ocuparse de las cosas... Así estaba hecho: formado por todas las opciones que nunca tendrían lugar; alternativas mejores a la tomada.
Por esa razón no vivió hasta el momento en el que no hubo disyuntiva. El último instante.
NiñoCactus

Había perdido las llaves.
Miró en todos los bolsillos pero nada, no había rastro de ellas. Estaba convencido de llevarlas encima cuando salió. Además, se aseguró de dejar bien cerrada la cancela. Menudo contratiempo, ahora resultaba completamente imposible volver a entrar. Y lo peor: no había en el mundo nadie capaz de forzar aquella puerta.
No tardó mucho en aburrirse de la búsqueda. Ya aparecerán, pensó. Así pues, colocándose el sombrero, el diablo decidió hacer de las suyas.
Y en esas andamos.
NiñoCactus
-Por cierto, ¿hoy es domingo?
-Pues..., me temo que estamos a jueves.
-¿Está seguro?
-Claro.
-¡Otra vez no! Y lo peor es que no sé si me adelanté tres días o si me volví a atrasar.
NiñoCactus
Ilustración de Bakar