lunes, 27 de julio de 2009

Palabras

-Esas palabras son más tú mismo de lo que piensas -dijo observándome desde sus ojos negros.
Yo, sonrojado, cubrí mi desnudez con un tachón.

NiñoCactus

sábado, 11 de julio de 2009

De Vacaciones

He hecho un pacto con la lluvia: yo me dejo mojar, y ella me riega las macetas cuando me voy de vacaciones.

Moraleja: lloverá esta semana.

NiñoCactus

jueves, 9 de julio de 2009

Ni en paz ni en armonía

El primer día que me fijé en Elena “La Coletas”, fue la tarde en que la Hermana María Eugenia decidió hacernos compañeros de pupitre. “A ver si así te callas un poco, y atiendes más”, me dijo. Hasta entonces me había sentado junto a Ismael. Éramos los dos únicos chicos de la escuela que nos apellidábamos Risueño, y eso nos convertía en medio hermanos e inseparables, al menos en las listas, porque nuestra profesora ya había dispuesto lo contrario.

“La Coletas” era castaña, tenía los ojos verdes y la piel blanca y pecosa. Por eso nunca le había prestado atención, era como el resto de chicas. O, al menos, eso pensaba.

Para vengarme de la memoria de Ismael, desterrado a la primera fila, le pegué a Elena un chicle en el pelo. Debería haberme dado las gracias porque sólo fuese uno, entre mis habilidades estaba la de mascar siete a la vez. Sin embargo, la muy chivata, se lo dijo a su madre. Como le tuvieron que cortar una de las coletas por ese “acto vandálico”, me castigaron, todo lo que restaba de curso, a limpiar el aula a la salida de clase. Por culpa de eso, no pude ver el último episodio de mi serie de dibujos favorita. Me habían robado parte de mi infancia, y eso deja traumas irreparables.

Contra todo pronóstico, la “Ex-Coletas” no pidió cambió de sitio. Parecía disfrutar con mi desgracia. No me importaba, se lo había buscado: cada vez que abriese su mochila se iba a encontrar un bicho diferente. Aprendí a cazar cualquier cosa: lombrices, cucarachas, lagartijas... Y ella me las devolvía, de forma casi profesional. Una vez, me manchó tres láminas de dibujo la mañana que teníamos que entregarlas. “Me da igual que sea aceite de oliva virgen extra, y que el efecto fuese buscado. Me repites el trabajo para mañana y punto. Menuda cochinada”, me gritó la Hermana, sin mostrar ni pizca de compasión.

Menos mal que llegó la Semana Santa, y los dos nos dimos una tregua. A la vuelta, me trajo del pueblo unos conguitos caseros. “Los ha hecho mi abuela”, me dijo con una sonrisa de dientes torcidos. Seguro que, durante las vacaciones, se había dado cuenta de que no tenía posibilidades de vencerme, y había decidido hacer las paces. Cuando le ofrecí conguitos a Ismael, en la hora del recreo, me miró con cara de asco y me preguntó: “¿Y tú desde cuándo comes cagarrutas de oveja?”. ¡Puag! Me pasé cuatro horas cepillándome los dientes, después de vomitar hasta la cena de la noche anterior. Se había pasado.

Al día siguiente, compré pegamento extrafuerte y lo eché en su silla y en la mía. Luego me deshice del bote y di la voz de alarma, para evitar que me echasen la culpa a mí. Ella ya se había sentado. Tardaron media hora en despegarla, y tuvo que ir a casa vestida con una falda de monja. Menudas risas nos echamos.

Tras esa bromita, estuvimos un tiempo sin dirigirnos la palabra. Nos observábamos buscando nuestros puntos débiles, para saber dónde atacar. El mío era la Lengua y el suyo las Matemáticas. “Se me ha ocurrido una cosa”, me dijo un día, “¿qué te parece si nos copiamos en los exámenes? Yo te puedo pasar las conjugaciones y tu me ayudas con los resultados de los problemas.” Era una idea extraordinaria. Casi se me ocurre a mí primero.

Menuda sorpresa se llevaron en mi casa al ver las notas de ese año. Y eso que me había pasado algunas respuestas mal contestadas adrede. Pero no me importó, porque yo había hecho los mismo.

El último día de clase, Elena me llevó dos cintas de vídeo. “Toma. Son los capítulos de Campeones que no pudiste ver”. Me pilló tan desprevenido que casi le doy un abrazo. “Gra - cias”, tartamudeé. Aquello empezaba a ponerse peligroso. Un chico y una chica no pueden ser amigos, eso lo sabe todo el mundo. “Fea”, le dije. “Anormal”, me contestó. Y los dos nos echamos a reír.


NiñoCactus

jueves, 25 de junio de 2009

Un Mismo Cielo


A pesar de los kilómetros de caminos, océanos y desiertos que los separaban, Óscar y Javier estaban más cerca de lo que nadie había estado nunca.

Se conocieron por uno de tantos errores que suceden a diario, para que la vida pueda seguir su curso sin que nosotros podamos impedírselo. Una mañana, apareció una carta en el buzón de Óscar. Alguien había dibujado una ciruela como única dirección, y el cartero, sin saber muy bien qué hacer con aquel sobre, decidió dejarlo en la frutería.

Tres hojas arrancadas de un cuaderno y escritas por los dos lados, eran su único contenido. Óscar comenzó a leer despacio, sin más prisa que la de ir comprendiendo cada frase. Cuando terminó, sus ojos brillaban como dos cerezas de Burlat recién cogidas del árbol. Allí, en aquella carta, entre aquellas palabras, sin poder explicar muy bien cómo, se encontraba el cielo, tan azul y limpio como él siempre lo había imaginado. Y lo que alguien, firmando Javier, había escrito, no era más que unas simples instrucciones de vuelo. Una bandada de letras que iba trepando por el aire.

Quince minutos más tarde, Óscar comenzó a garabatear todos sus pensamientos en una cuartilla amarillenta. Después, con una sonrisa, metió en el sobre una hoja fresca de menta y dos flores de jazmín, lo cerró, dibujó un pájaro en él y, a la mañana siguiente, se lo entregó al cartero.

Nadie sabe adónde iban las cartas, ni tampoco de dónde venían. A veces llegaban con olor a mar y restos de algas, como si hubiesen cruzado el océano. Otras traían pequeños granos de arena, o hielo aún por deshacer, o el rastro de una tormenta... Lo único cierto es que nunca faltaron a su cita.

Así, a pesar de los kilómetros de caminos, océanos y desiertos que los separaban, Óscar y Javier compartían el mismo cielo. Ése, al que ambos habían aprendido a llegar volando.



NiñoCactus

Dibujo de Citlalinushka

miércoles, 17 de junio de 2009

Los Colonizadores de Nubes


Un Colonizador de Nubes le dice al Sol que se despierte,

Ya es hora de llenarlo todo de Luz.


Para los Colonizadores de Nubes, el Viento

Es un portador de palabras.

A él le cuentan los Versos olvidados.


Cuando llueve,

Hay un Colonizador de Nubes regando el Cielo,

Y añade gotas de perfume y Vida

Para los que se dejan mojar.


Un Colonizador de Nubes sostiene un globo blanco

Al que llaman Luna.

Y cuando, noche tras noche,

Acaba perdiendo su aire,

Vuelve a hincharlo de Sueños nuevos.


Las Estrellas son pequeñas lámparas de aceite,

Que los Colonizadores de Nubes encienden de Deseos.


NiñoCactus

(Desde aquí mandamos este pequeño texto y dibujo
para un gran proyecto lleno de corazón.
Gracias a los organizadores.)


Hasta la última gota

Crecí terminándolo todo...
-Hasta que no termines el plato de guisantes no se te ocurra levantarte de la mesa.
-Termina de recoger tu habitación o no bajas a jugar al patio.
-Si no termina las cuentas, Martín, se quedará castigado después de clase.
-Termine este informe para mañana, y no olvide que la reunión es a las ocho.
...y lo único que, en realidad, nunca acabé...
-Hemos terminado.
...me hizo apurar la botella de vino hasta la última gota, que nunca llegó.


NiñoCactus

viernes, 12 de junio de 2009

Lluvias


Llovía afuera y yo sin paraguas.
Llovía adentro y yo sin ti.


NiñoCactus


Dibujo de Citlalinushka
(Maga de la imaginación)

jueves, 11 de junio de 2009

La Canción de Aleksandar

El día que el abuelo Rodion me regaló su trompeta me dijo que no había nada que fuese imposible.

- No lo olvides, Aleksandar: si lo deseas con fuerza, podrás, incluso, cambiar el mundo.

Yo no sabía qué hacer con una trompeta que no podía tocar. Y tampoco por qué tenía que desear que el mundo fuera diferente. Así que decidí aprender música.

Tenía tantas ganas de arrancar una canción al viejo instrumento, como de hacerme mayor. Pero mi impaciencia se vio contenida por la tranquilidad del profesor Kilar, que andaba, hablaba y pensaba con la velocidad de una tortuga milenaria.

Lo primero que hizo, cuando nos conocimos, fue sonreír. Luego, me midió los dedos comparándolos con los suyos ya arrugados. Y, por último, me hizo una señal para que lo siguiese, y caminó hacia la sala de estudio.

-Todo en ti es ritmo, Aleksandar: los latidos de tu corazón, tu forma de caminar, cada bocanada de aire que tomas al respirar... Llevas una canción dentro de ti. Tienes que encontrarla y dejar que brote.

Al principio, pensé que era yo el que estaba desafinado, y apretaba los dientes al escuchar los chirridos que producía.

-Sólo quiero tocar una nota bien -pedía cada noche al acostarme-, sólo una.

Una mañana salieron tres de golpe. La música comenzaba a nacer.

En ese momento comprendí lo que me dijo mi abuelo: que no había nada que no pudiese alcanzar. Pero, por desgracia, también descubrí que, a veces, a uno le gustaría que el mundo fuese distinto. Una tarde, dos chicos del barrio me robaron y me dieron una paliza. Toda mi rabia se ahogó entre mis lágrimas. Sentí vergüenza por no haber podido defenderme.

Algo se me rompió por dentro, y no me dejaba dormir por las noches. Me daba pánico la oscuridad. Fue la música la que, poco a poco, fue actuando como un bálsamo. Las notas me envolvían como un abrazo, y me hacían olvidar lo sucedido. El mundo, mi pequeño mundo, volvía a ser como antes.

El problema era que el mundo, el grande, había empezado a volverse loco. Un día estalló la guerra, y todo cambió.

El ruido llenaba la ciudad, y de no haber sabido cómo eran las cosas antes de aquellos días, habría pensado que no se podía hacer nada.

En medio de aquel alboroto encontré la canción que se escondía dentro de mí. Mi canción era una música más fuerte que el ruido de la guerra. Una canción que creía que no había nada inalcanzable y que otro mundo era posible.

Empecé a tocar para las personas que estaban sufriendo a mi alrededor. Sólo quería aliviar su tristeza. Gracias a mi trompeta sonreían de nuevo, y yo sentía que ganaba una batalla. Y luego otra, y otra más...

Ésta es la historia chiquita de mi canción. Ésa que me regaló mi abuelo el mismo día que me entregó su vieja trompeta.


NiñoCactus

jueves, 28 de mayo de 2009

Imaginarios (Historia mínima)

-¿Te acuerdas de mí?
-Perdone, estoy ocupado (sin quitar los ojos de lo que está haciendo). No deberían haberle dejado entrar. Pida hora a mi secretaria cuando salga.
-No te preocupes. Sólo será un segundo. Pensé que te gustaría hacer un refugio con las sillas y la cortina, y jugar a los cazadores de tigres.
-Pero..., ¿cómo sabe...? (Levanta la mirada. Silencio). ¿Simpli?
-Ahá
-Pero si eras mi amigo imaginario. Tú no existes... Nunca exististe. Además, eras un niño, no podías crecer.
-¿Por qué no? Crecí a tu lado y cambié igual que tú. Y hoy, de nuevo, sentí que necesitabas jugar, que te hacía falta un amigo.
(Sonríen. Se cierra el telón. Entre las cortinas aparecen los dos personajes agazapados).
-¡Mira, un tigre! –dispara con dos dedos-. ¡Pum, Pum!

NiñoCactus

domingo, 24 de mayo de 2009

La mirada

Entonces reconocí la mirada de la fotografía. Fue un instante, un pequeño destello, como una suerte de electricidad que hace que la bombilla vuelva a lucir unos segundos y después se pierde o se agota, no lo sé. Quizás es el pequeño filamento de la lamparilla el que se rompe. Es esa mirada, que ahora no soy capaz de recordar, la que me salva y me llena de un antiguo calor ya olvidado. Después, la persona que sostiene la imagen entre sus manos me pregunta: “¿Quién es? Vamos..., ¿es que no se acuerda de la abuela?”

NiñoCactus

domingo, 17 de mayo de 2009

A mi madre


Ella guarda la primavera en sus ojos. El resto del año reparte flores con la mirada.


NiñoCactus

Ilustración de Bakar

Un Niño de Mundo

A mi amigo Dani lo trasladan. Al principio la noticia no le gustó, pero como sus padres le han dicho que les podrá ayudar a elegir la nueva casa, ahora anda chuleando de que va a vivir en un castillo. Lo quiere con cinco torreones, el más grande para él, y un foso lleno de cocodrilos. Nos ha explicado que el puente levadizo tendrá mando a distancia como las puertas de los garajes. Pero a Toñete, que es el más culto del grupo porque siempre está leyendo, no le convence la idea. Él está muy puesto en el tema, hizo una colección por fascículos de caballeros medievales y nos contó que en el sótano de los castillos hay mazmorras llenas de ratas gigantes y de instrumentos de tortura que dan muy mal rollo. Vamos, que, puestos a escoger, se iría a un palacio sin dudarlo ni un segundo. Pero, como está ampliamente demostrado que se necesita sangre azul de la realeza para poder vivir en uno y la nuestra es roja vulgar, tampoco va a poder ser. Yo le dije que a mí me encantan las tiendas de campaña. Todos los veranos nos vamos quince días al campo y es muy divertido. Nos pasamos el día cantando y haciendo barquitos con la corteza de los árboles para luego echar carreras en el arroyo. Además, me dejan quedarme hasta más tarde por la noche y me dan una linterna para mí solo. Los campings son lo mejor.
Hace unos días en el recreo, mientras nos comíamos el bocata de media mañana, Javi le hizo una pregunta a Dani que ninguno se atrevía a pronunciar y que creó bastante tensión en el ambiente. ¿Está muy lejos la ciudad donde tendrá que trabajar tu mamá? Un poco, respondió. Y se nos puso a todos un nudo en el estómago que ya no había forma de terminarse el almuerzo. Igual es una ciudad con superhéroes, comentó Paula que es la única chica del grupo y tiene las mejores ideas. Pero como Toñete siempre se guarda alguno de sus datos super-documentados nos chafó la ilusión antes de que pudiese darle un muerdo a mi bocadillo de jamón con tomate, que, por cierto, es mi preferido. A veces me entran ganas de tenerle un poco de rencor. Encima estaba en lo cierto: todas las ciudades con superhéroes están en el extranjero. Y con nuestro vocabulario de inglés que no pasa de open the door y the cat is on the table, ya me dirás qué conversaciones vamos a tener con los niños de allí si no tienen gato.
Mi tío Manolo, que es el más increíble de todos los tíos del universo, me dice, cada vez que viene a cenar, que hay que ver otras ciudades, que hay que viajar y ser un hombre de mundo. Entonces busca en el bolsillo del pantalón y del fondo, justo donde siempre tengo una pelusa que no sé cómo ha llegado hasta ahí, saca una moneda de algún país lejano y me la da. Yo pienso que algún día iré a esos sitios donde ha estado él y las podré gastar todas. Así que por si acaso las voy guardando. Después me coge en sus rodillas y me cuenta en secreto sus aventuras. Yo me quedo mirándole con los ojos como platos. Al final me acaba repitiendo que sólo nos quedamos con lo que hayamos vivido, y asiento con la cabeza aunque no lo entiendo del todo.
Ya falta menos para el día de la mudanza. Se han comprado una casa normal, aunque más grande. Ya no tendrá que compartir cuarto con su hermano pequeño que le cogía los juguetes sin permiso y no le dejaba vivir. No es un castillo pero tiene un jardín enorme para jugar al fútbol.
Nosotros no queremos que se marche, pero nuestros padres nos han prohibido que se lo digamos para que no lo pase mal. Quieren que le demos ánimo. Le hemos prometido que vamos a ir a visitarle siempre que tengamos vacaciones y que cuando Javi tenga carné de conducir estaremos allí todos los días para jugar al fútbol en el jardín. Además, le hemos encargado una misión muy importante: tiene que conseguir el cromo cuarenta y nueve que aquí es imposible de encontrar y que seguro que allí sí que sale.
Cuando miro a Dani y me acuerdo de mi tío Manolo pienso en la suerte que tiene de empezar tan pronto a conocer otros lugares. Tendrá un mejor amigo en dos ciudades diferentes y no conozco a nadie así con su edad. Antes de que se vaya se lo voy a decir: sólo ocho años y ya vas a ser un niño de mundo. Mola.
NiñoCactus

sábado, 16 de mayo de 2009

Macarrones

-¿No le regalarías también el collar de macarrones? ¡Jo, mamá!, si era mi preferido. Lo llevaba siempre con esta camiseta. Pues ahora ya no me la pondré nunca jamás –gritó Marina enrabietada dando una patada en el suelo.
-Toma. Te quedará mejor con estos pendientes de cereza –le dice su madre.
La niña sonríe, los coge sin pensarlo dos veces y sale corriendo a la calle. Minutos más tarde, mientras escupe el hueso de la última fruta roja que le queda, ya se ha olvidado del collar.

NiñoCactus

Quizás

-¿No le regalarías también el collar?
-Veo que tienes buena memoria. Has enumerado, uno a uno, todos los regalos que te fui haciendo desde el día en que te conocí. Una cronología de presentes con los que te fui llenando sin darme cuenta de que, a la vez, te vaciaba de amor... Quizás ya es tarde. Quizás se nos olvidó prescindir del mundo para amarnos... (silencio largo, como de días eternos) ...quizás aún hay tiempo.

NiñoCactus

jueves, 7 de mayo de 2009

Canicas

Luego se fue corriendo como si no hubiera pasado nada, pero vaya caída más tonta que se dio el muy chulito. Con los aires con que se pavoneaba cada tarde delante del grupo de mi novia, y ellas embobadas con su camiseta de capitán del equipo de fútbol. Bah, seguro que ni se la quita para dormir. Tenías que haber visto cómo se reían hoy de él. Si hubiera mirado donde debía no le habría pasado eso. ¡Qué imbécil! Por cierto, hoy no podré jugar, he tenido que donar mis canicas para una buena causa.
NiñoCactus