jueves, 21 de marzo de 2013

La cena

El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre, posado como un jilguero sobre una suerte de trapecio, araña el silencio. Todos me miran nerviosos, sin atreverse a comenzar la cena.
Finalmente, el abuelo, quien observa cada plato con desconcertante estrabismo, lanza su larga lengua hacia la fuente de langostinos. Le sigue la madre, desencajándose la mandíbula para dejar paso al pavo relleno, aún sin trinchar. En otro extremo de la mesa, el hermano mayor roe un poco de queso.
Entonces, mi novia, sonriéndome, comienza a rumiar su plato de brotes de alfalfa, y yo, un poco menos tenso, saco mi estómago y lo coloco sobre el cuenco de alitas de pollo.
NiñoCactus

jueves, 28 de febrero de 2013

Sobre el amor en un tren



En el AVE el amor va mucho más rápido. Puede darse el caso de que en Ciudad Real se vea por vez primera a una mujer y a la altura de Puertollano ya se esté completamente enamorado de ella. En un tren convencional, en ese periodo, no se hubiera pasado ni del primer término municipal.

Va tan rápido el amor que es muy normal que las parejas que allí se forman no sepan muy bien en que provincia se conocieron. Es un hecho contrastado y demostrable. Lo sé porque en el noventa y cuatro una pareja perdió un apartamento en plena sierra de Madrid en un concurso de la tele que yo estaba viendo. Aún lo tengo grabado.

Además, en él se crean entre los más fuertes amores que jamás se hayan conocido. Es pura física, la culpa es de la inercia. Y es que, aunque Cupido lanza sus flechas a la misma velocidad que en cualquier otro lugar, el impacto a trescientos kilómetros por hora es mucho mayor, y eso, a la larga (y a veces a la corta), se nota mucho.

Como contrapunto, existe un cincuenta por ciento de posibilidades que el amor de tu vida pase de largo cuando te lo cruzas en el AVE. Y es que, si Cupido lanza su flecha tratando de alcanzar al tren, puedes dar cualquier encuentro por perdido. El proyectil está condenado a caer al suelo sin alcanzar su objetivo. Consiguiendo, como mucho, que algún escarabajo  pelotero se vuelva loco de amor con el balasto que sostiene las vías.

Creo que eso es lo que me está pasando ahora mismo. Te miro, sentada a mi lado y sé que eres perfecta. Me miras y sé que yo también puedo hacerte completamente feliz. Lo sé con la misma seguridad con la que soy consciente de que ni el más mínimo sentimiento asoma en ninguno de los dos. Ni en ti, ni en mí.

Menos mal que tengo un plan. Sólo necesito que tengas que levantarte un momento de tu asiento. Un minuto será suficiente. En cuanto te vayas me agacharé, revisaré a hurtadillas en tu bolso y buscaré los datos de tu billete de vuelta. De esta manera, será esta tarde cuando la flecha nos alcance a 300 kilómetros por hora y no tengamos más remedio que, juntos, ser felices para siempre.
Por cierto, perdona que te insista, ¿quieres otro refresco?


Ning1

La última palabra

Gonzalo Barriuso comenzó a madrugar justo después de jubilarse. Hasta entonces, siempre había rezongado cuando sus obligaciones le forzaban a levantarse pronto. Sin embargo, la ociosidad le descubrió uno de los mayores placeres de la vida: los crucigramas.
Le encantaba entrar en la cafetería situada debajo de su casa, y resolver el pasatiempo del periódico. Su mejor marca era de siete minutos y quince segundos. No se le resistía ninguno: primero las horizontales y luego las verticales. Siempre en ese orden. Después, guardaba el paquetito de azúcar, que nunca usaba, en su bolsillo derecho, sacaba un monedero de piel de su bolsillo izquierdo, pagaba la cuenta, y seguía su ruta. Es necesario añadir que su satisfacción se colmaba solo cuando descubría crucigramas incompletos en otros bares. Profería, entonces, unos grititos de felicidad, disimulados por una tos falsa.
Una mañana, Gonzalo Barriuso tuvo que pedir un segundo cortado mientras escudriñaba nervioso la definición del ocho vertical. A primera vista era sencilla, sin embargo no encontraba ningún sinónimo concordante para las casillas y letras ya existentes. Cuando iba por el sexto café se dio por vencido. Ni siquiera se atrevió a entrar en otra cafetería por temor a descubrir alguno completamente resuelto. Habría sido demasiado humillante.
Al día siguiente, el diario publicó la fe de erratas del crucigrama, pero Gonzalo Barriuso nunca lo supo, pues ya había recuperado su antigua costumbre de remolonear en la cama. A caballo viejo, se dijo, no le cambies el camino.

NiñoCactus

domingo, 6 de enero de 2013

El Gigante Bonachón (¡Seis años de blog!)



Mi abuela contaba,
al irme a dormir,
historias de menta
 y de regaliz.
A mí me encantaba
 la de Bonachón,
un gigante afable
 de gran corazón
que, cuando aparece,
 concede un deseo.
«¡Escógelo bien!»,
 decía mi abuelo.
Y yo, por si acaso,
 compré un gran cuaderno
donde hice una lista
 con todos mis sueños:
Viajar a la luna,
 comer espaguetis,
ser malabarista,
 conocer al Yeti,
tocar la trompeta,
 ganar cien medallas,
rugir como el viento,
 escalar montañas...
Puse tantas cosas
 que, al escribir fin,
conté los deseos
 y eran más de mil.

Pasó mucho tiempo,
lo estuve esperando.
Jamás el gigante
pasó por mi cuarto.
Luché por mis sueños,
alguno alcancé,
y de aquella historia
casi me olvidé.
Hasta que una noche,
siendo yo mayor,
al irme a la cama
hallé a Bonachón.
«Pide lo que quieras.
Te dejo elegir»,
me dijo el gigante
acercándose a mí.
«Que ya nunca más
  te vuelva a olvidar,
que crea que el mundo
 se puede cambiar».
Con una sonrisa,
mis ojos cerró.
«Conservas adentro,
tu niño interior».

Y ahora yo cuento
a Julieta al dormir
historias de menta
y de regaliz.

Un placer compartir con vosotros estos SEIS AÑOS de historias.
GRACIAS POR LA COMPAÑÍA.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Jugando a ser Dios, destruyeron el mundo en seis días y, al séptimo, descansamos todos.

NiñoCactus

Y si...

Al pensar en el refranero, una inquietud me invade el estómago. Aquí estoy, preparando mi tercer fin del mundo como si tal cosa. En realidad no hay nada mejor que normalizar lo insólito. Bueno sí: maravillar lo ordinario. 
Mi primer fin el mundo tuvo lugar con el cambio de milenio. Nostradamus poseía un buen curriculum de profecías, y no era fácil bromear con ello. Recuerdo que lo pasé con Isabel, mi pareja de entonces. Estábamos locamente enamorados, y convencidos hasta el tuétano de querer pasar juntos toda la eternidad. De hecho, nos aterraba la idea de morir separados y no conseguir encontrarnos en el más allá. Pero la vida siguió, y nuestra eternidad duró exactamente dos años y ciento ochenta y tres días más. Incluso me atrevería a asegurar que, al final, se nos hizo un poco larga.
Mi segundo fin del mundo fue menos serio. Lo auguró Esteban, el portero del edificio, y carecía de las distinciones del astrólogo francés. Según sus cálculos, el 6 de junio de 2006 se produciría la llegada del anticristo. Nos llenaba los buzones de cartas apocalípticas, y el último día nos prohibió usar el ascensor porque era la puerta de entrada al averno. 
Natalia, mi pareja en ese momento, también estaba convencida de querer pasar el resto de su vida, o de su muerte, a mi lado. Por supuesto, no ocurrió ninguna catástrofe en la fecha en cuestión. Aunque he de reconocer que no hay nada mejor que amarse como si fuese la última vez. 
En esta ocasión, toda la vida también tuvo fecha de caducidad provocada por una beca de investigación en los Estados Unidos, y un jefe de laboratorio muy entregado a la ciencia. 
Y hoy, mientras enciendo las velas y me pregunto si el fin del mundo no estará esperando a que yo encuentre a la mujer de mi vida, pienso en Ángela y siento que es la definitiva. Sí, no hay duda, ella es mi alma gemela. Entonces me acuerdo del refranero y me entra de nuevo el hormiguillo. Bueno, todavía me quedan unos minutos para encontrarle alguna pega a la chica perfecta.
NiñoCactus

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Sin prisas

Mientras aguardaba, en aquella inmensa hilera de almas, mi turno para entrar en el más allá, comprendí que las decisiones más importantes de mi vida las había tomado haciendo cola. 
Por ejemplo, descubrí mi verdadera vocación laboral esperando en la oficina del paro. Un mes más tarde, fundaba mi propia empresa de helados no derretibles. Y fue de pie, en otra larga fila, donde descifré mis sentimientos hacia la vecina de al lado. Juntos derribamos el tabique que nos separaba. 
Todas esas dilaciones frenaron la urgencia del día a día, y me concedieron algo de tiempo para pensar. 
En ese momento, fui consciente de que, tal vez, mi muerte había sido demasiado precipitada. Dicen que me salvó el segundo chispazo. No lo sé. Yo creo que fue meditarlo con calma.
 NiñoCactus

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El vals del tiempo - Cienmanos

Locura y creatividad contagiosa. Un proyecto salido de la ilusión y el trabajo de personas estupendas. Gracias a todas ellas por esta micronovela.
Aprovecho para recomendar el interesantísimo blog de nuestra correctora, Manuela Mangas, Con propósito de enmienda.
Y tampoco os perdáis el rincón de la brujita que nos reunió a todos.
Besos, abrazos y sonrisas.
NiñoCactus

lunes, 26 de noviembre de 2012

Problemas de género

Además, el pollo rebozado siempre humea demasiado concluye a modo de sentencia incuestionable.
¿Humea? ¿Cómo que humea? Mírame y jura que esto no tiene nada que ver con llenar la casa de ajos, o con aislar la habitación con placas de aluminio, o con buscar por internet zapatos bicolores, o con la propuesta en la junta de vecinos de construir un búnker en la segunda planta del garaje... Mírame y jura que no te has enganchado ahora a ningún ciclo de películas del oeste, por favor...

NiñoCactus

domingo, 11 de noviembre de 2012

Los siete cabritillos



Se había quedado viuda demasiado joven y, con siete pequeños a su cargo, todo se hacía cuesta arriba. Llevaba varios meses sin fuerzas para salir de la cama. Ya no soportaba aquel griterío, los llantos, las peleas... «¡Ojalá viniera el lobo y os comiese a todos!».
Poco a poco se obsesionó con aquella idea. Ni siquiera fue consciente de la metamorfosis: la rabia, el acecho, el hambre... Hasta que, finalmente, se convirtió en su anhelado depredador. Cuando volvió en sí y vio lo que había hecho, llenó su barriga de pastillas, y se ahogó en una botella de alcohol.
NiñoCactus

Para el "Tratado de Griminología" de la Triple C 
Gracias a Juanlu por su sobrecogedora imagen.

jueves, 8 de noviembre de 2012

La mirada miope del hombre tranquilo

De la rutina insípida de su oficina pasa al tedio monocromo de su hogar. Y, sin embargo, se siente feliz. Incluso aplaude las bondades de una existencia ordenada y tranquila.
— Papá, ha llamado tu oftalmólogo. Dice que te has saltado las cuatro últimas revisiones.
Él se coloca las gafas de cerca y ojea el correo. Solo hay facturas.
— Papá, ¿me escuchas?
Pero no contesta. Sigue a lo suyo, con ese temor a ver bien de lejos, a mirarse un día desde fuera y observar nítidamente la escena borrosa con que siempre se topa.

NiñoCactus

lunes, 5 de noviembre de 2012

Efectos colaterales

Mi vecino de enfrente adereza sus guisos cantando. Y lo hace fenomenal. Solo hay una pequeña pega: ahora las arias de Verdi me estriñen, y Turandot me produce gases.

lunes, 22 de octubre de 2012

La desnudez de los árboles

Descubrí que el frío, guarecido durante el verano entre las hojas de los árboles, migra en otoño hasta el interior de los hombres.
Dónde acabe ese jirón helado depende del azar. Si se clava en la garganta, las palabras saldrán cortantes, por mucho calor que les insuflemos. Y si se esconde bajo los párpados, lloraremos ventiscas. Puede refugiarse entre los dedos, llenando de escarcha cada caricia; o en los pies, haciendo resbaladizo cualquier paso a dar.
Pero, por mucho que se prolongue el invierno, siempre habrá una primavera llena de hojas para acoger de nuevo al frío.

NiñoCactus

jueves, 18 de octubre de 2012

Semen

La solución de la tercera horizontal era facilísima, pero me daba vergüenza decirla con mi padre delante. Hasta se había saltado la definición adrede. Y nada, ahí seguíamos los dos disimulando con la “Operación crucigrama”, sabiendo que resultaba imposible continuar. Ninguno podía pensar ya en otra cosa, y la palabra provocaba el blanqueo de las demás casillas. Por suerte, llegó mi hermana al rescate.
—¡Vaya rollo! —exclamó—. ¿Por que no jugamos todos al Tabú?

NiñoCactus

sábado, 13 de octubre de 2012

La trampa del espejo de doble vista

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, mi vecina reiteraba, cada día, los mismos pasos de manera milimétrica. Realizaba su cotidiana rutina de manera completamente automatizada.
Esto la convirtió en blanco fácil para amenizar mi aburrida existencia. De este modo, comencé a colocar distintos obstáculos en su monótono trayecto. Con paciencia infinita, conseguía resolver cualquier traba, sin embargo ello le hacía acumular un pequeño desfase horario, que aumentaba con cada jornada.
Cuando, finalmente, le fue imposible continuar con su vida aprendida, comenzó a improvisar. A veces se sorprendía tanto a sí misma que explotaba en estridentes carcajadas. Mientras, yo, desde mi ventana, continuaba mi iterativo quehacer.
NiñoCactus