jueves, 3 de mayo de 2007

Vida paralela

Las luces de la calle Retuerta se encendieron tres horas antes que de costumbre. Eran exactamente las cinco menos cuarto de la tarde.

En el número 12, primero izquierda, se escuchaba música en el cuarto de baño. Sobre el lavabo, uno a uno, caían mechones de pelo negro. Inés se miró en el espejo y apenas pudo ver su imagen, borrosa por las lágrimas. Se había acabado la niña buena. Siempre callando lo que pensaba. Y él... Respiró hondo pero enseguida comenzó a llorar de nuevo. La luz del aplique se reflejó en las tijeras cortándose justo en el filo.

Dos edificios más allá, en la escalera primera del número 8 segundo A, Luis veía la tele mientras su madre cosía en el sillón de al lado. Estaban echando una película de dibujos. Él no entendía porqué el príncipe se enfrentaba con su padre, el rey, para poder casarse con aquella doncella. Todo era demasiado ñoño. Pero no le importaba porque luego vendrían las peleas de espadas. Eso sí que estaba bien.

Unos minutos más tarde Alfredo abría la puerta del apartamento situado en el ático del número 5. Sentada en la cama le esperaba su mujer con una caja entre las manos. “Hijo de puta”, le gritó mientras se la lanzaba a la cara. La caja se abrió al caer contra el suelo y, entre muchas otras cosas, apareció una carta. Él no dijo nada. Se dirigió al armario y comenzó a sacar su ropa.

Había luz en el bajo B del número 19. La habitación daba a un patio interior y apenas llegaba claridad. Lenta, pausadamente, Julio acercó la última carta a su castillo de naipes. Aguantando la respiración y con las manos sudorosas sonreía por su éxito. La propia emoción, en el último momento, traicionó su pulso y con un pequeño temblor se desmoronó todo de golpe.

Justo en ese momento en la portería del Edificio Europa, el número 2, María se cortó al intentar abrir una lata de aceitunas. La sangre oscura comenzó a brotar de la herida. Perdió el conocimiento.

Las luces de la calle Retuerta se encendieron tres horas antes que de costumbre. Cuarenta y cinco minutos después una de ellas se apagó. Eran exactamente las cinco y media de la tarde.

Niñocactus

3 comentarios:

Ana dijo...

De nuevo estoy de guardia y como siempre estais aquí.
Besotes.
Gracias.

Patricilla dijo...

Por un momento me ha parecido estar contemplando a toda esa gente desde una ventanita en algún piso de la calle Retuerta.Todas y cada una de las historias son fabulosas :) Increible.

bea dijo...

os juro que me pasó lo mismo que a María pero con una lata de atún!..fue muy ridículo, me caí redonda encima de mi hermana..