viernes, 12 de marzo de 2010

A la sillita, la reina... (Ejercicio del Taller de Arianna Squilloni)

Llegó por la mañana, a última hora, justo antes de los preparativos para la comida. La trajeron dos hombres vestidos de gris. Aunque hubiésemos vivido en un décimo piso sin ascensor, uno habría bastado. No para ella. Hicieron falta dos porteadores enfundados en monos de trabajo con grandes letras plateadas a la espalda que rezaban: ANTIGÜEDADES MATUSALÉN. Todo con mayúsculas.

-Florence. Mademoiselle Florence.

Así dijo llamarse. Una silla de caoba de finales del XIX, con finísimas incrustaciones en palisandro. Una auténtica obra de arte, se quejaba constantemente, rodeada de palurdos con corazón de aglomerado. Y ese era el insulto más suave. Según ella, todo estaba mal: la temperatura, la intensidad de la luz, la humedad ambiente... ¡Qué silla tan malcriada e insoportable! Era preciso pararle las patas.

La idea se le ocurrió a la mesa del saloncito verde. No lo digo por culpar a nadie, sino como reconocimiento a nuestra salvadora. El plan era arriesgado. Alguno de nosotros podía resultar herido pero no nos importó.

Al conde le gustaba sentarse en Florence después de las comidas y paladear una copa de brandy mientras fumaba un purito. Amaba el buen comer. Su prominente barriga lo demostraba. Decidimos atacar por ahí. Las bandejas dieron orden en la cocina de preparar los más suculentos platos. Guisos contundentes, pescados con salsas exquisitas y pasteles interminables se sucedían día tras día llenando todas las dependencias de la mansión con aromas irresistibles.

Tres meses después, el conde había aumentado cuatro tallas de pantalón y se movía con dificultad. Temimos por la salud de nuestro dueño, por eso nos dimos un ultimátum: si en el próximo almuerzo no lográbamos nuestro objetivo, asumiríamos la derrota.

Fue una auténtica fiesta. El salón brillaba como nunca. Utilizamos la vajilla reservada para ocasiones especiales. El conde estaba encantado. Al acabar, tomó su copa y se acercó hasta Florence. Se dejó caer exhausto por el banquete. Todos escuchamos crujir la madera. Las juntas estaban ya sueltas y no resistieron. Una de las patas se quebró. Por un momento nos sentimos culpables. No duró mucho. La chirriante voz de aquella silla presumida comenzó a lanzar improperios. Se acordó de los antepasados de cada mueble. Nadie la escuchó, estábamos demasiado ocupados en celebrar nuestra victoria.

Al día siguiente comenzó la dieta.


NiñoCactus



10 comentarios:

Elchiado dijo...

Sepa que he sentido curiosidad por saber cual de los presentes portaba una maceta con pinchos, pero, oigaaa, con tanta niña guapa a su alrededor... he perdido toda la concentración. Y encima, me pregunto a cual de las victoriosas sillas le va a tocar soportar tan pesada carga, Abrazo para usted (y besos para sus compañeras)

Der Kleine Zürcher dijo...

¡Pobre silla! ¿No le da a usted vergüenza? ¡Un respeto a los mayores! ;-)

Me ha dado usted una idea para clase... A ver qué tal sale. No creo que le igualen, pero seguro que lo pasamos bien :-)

Gracias por la inspiración.

Un abrazo

Atenea dijo...

La silla fue tirada al contenedor de muebles viejos, siendo una antigüedad presumida con títulos clavados como astillas al corazón.
La lluvia empezaba a empapar la tapicería fina cuando de pronto un hombre con cuatro dientes, piel ajada por el sol y unas manos trabajadas la alzo poniéndola sobre su cabeza. El camino fue largo e incoherente para una silla con clase portada sobre una cabeza. Cuando por fin entraron en una pequeña casa oscura, el hombre la dejó en el centro de una habitación, encendió una lumbre y puso el agua de la tetera a calentar. Mientras se tomaba el té no paraba de mirarla pensativo, con lentitud posó la taza sobre la mesa, fue a por su material de trabajo y se dirigió hacía ella. La madera empezó a temblar al tacto de aquél desconocido, la desnudo con cuidado de su tapicería y la remodelo con sencillez para que al poco tiempo descansasen unos pies cansados de un carpintero en una acogedora descalzadora.
Me ha gustado muchíiiiiisimo. Besos

Patricia dijo...

Elchiado...
yo si.

Patricia dijo...

Debemos arrojar a los oceanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aqui existió un mundo donde prevalació el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad.
Gabriel García Márquez
espero no esperar a que lo publiques, es para ti.

Mónica dijo...

Senti curiosidad al ver a la quejica Florence y me ha encantado leer la historia. Feliz comienzo de semana. un abrazo

Elchiado dijo...

...y me andaba yo preguntando si a NiñoCactus le molestaría que uno de estos días hiciese un cameo de él en mi rincón (es por lo de su muñeco, que me inspira una ternura cada vez que lo veo con esa carita de no haber roto un cáctusssss, jajajaja) En fin, que acabo de enfundarme el disfraz de algodón de azúcar así que... un abrazo!!!

NiñoCactus dijo...

Chiado: en la foto soy el de la cara de niño bueno, jeje. Me intriga saber qué andará tramando, y me encantará leer lo que le inspira la imagen del NiñoCactus. Le invito a pasar por el blog de su autora, Verónica (Depeapa). Abrazo sin pinchos

Principito: ya me contará qué tal resultó la idea. Otro abrazo

Atenea: es difícil ser un mueble de lujo en estos días. Jajaja

Patricia: gracias por tus/sus palabras.

Mónica: gracias, y espero que disfrute el puente de San José. Abrazos festivos

el fantasma dijo...

el tiempo pasa factura a todos! pero qué malvados los demás! tan estúpida era?

Elchiado dijo...

Jo, claro, así es mucho más fácil, ya me podía haber dicho antes que usted era el que tiene cara de NiñoBueno, porque yo estaba en mis trece de encontrar a NiñoCactus...
No se preocupe por los pinchos cuando abrace, que para eso sigo usando el disfraz de algodón de azúcar. Saludos